Había alguien afuera. Descarté que fuera el verdulero apenas miré por la ventana. Se lo comenté a Carla, que veía tele.
–El verdulero no es. Nunca pasa antes de las once –dije.
–Por ahí es el chico que pide comida. –dijo Carla, acostada en el sofá.
–Me parece que no.
Ahí fue cuando reconocí todo: la espalda angosta soportando una mochila, los brazos colgando, un peinado prolijo… Y ese gesto. El mismo de siempre.
Grité un insulto, reprochado por Carla porque los chicos dormían. Cerré las cortinas, espié por un costado y, con el cuerpo encorvado, me dirigí a Carla:
–Creo que es Jiménez.
Apagó la tele y me miró desairada. No me moví hasta que ella se acercó para confirmarlo.
–Está ahí, parado, sin hacer nada –dijo.
–Andá al cuarto que yo me ocupo.
Esperé a que subiera y abrí la puerta. Desde adentro grité:
–¿Qué querés, Jiménez?
–Hola, señor Fraga. ¿Está Carla? –preguntó mientras buscaba un hueco por donde mirar a través del cerco.
–¿Cómo encontraste la casa?
–Me gustaría ver a Carla, señor Fraga.
–No está.
Cerré pero volví a abrir tras recordar el consejo del psiquiatra. Fui hacia el portón.
–Jiménez, ¿por qué no te vas? Carla está de viaje. No tenés nada que hacer acá.
–No le creo, señor Fraga. Tengo todo el día para esperar. Hoy es sábado.
–Andate o te mato, loco de mierda.
–Sólo quiero hablar con Carla, señor Fraga. Quince, veinte minutos nada más. La espero acá.
–¿No me escuchaste? Rajá de acá o agarro la pistola y te cago a tiros.
Sé que no debí amenazarlo, pero había pánico en su cara, y comprendí que el plan habría resultado de no ser por su revólver.
Me forzó a dejarlo pasar y a quedarnos en el living. Yo asustado y Jiménez apuntándome a todos lados, pero también prestando atención a la casa. A las paredes, a los muebles y, sobre todo, a las fotos. Reparó en mi favorita: una joven Carla de espaldas al Aconcagua, mostrando una sonrisa que tanto extraño desde que aquel hombre irrumpió en nuestras vidas.
Jiménez permaneció en silencio durante largos segundos. Me detuve en sus gestos, que oscilaban entre la satisfacción, el desconcierto y la ansiedad.
–Llamala –me ordenó.
Tardó en venir. La convenció quizás mi tercer grito, ya angustiado. El sonido en suspenso de sus pasos en la escalera alteró aun más los nervios de Jiménez, que sudaba y temblaba según la figura de Carla se iba completando hasta llegar a los ojos, de un verde inexacto. Qué importa el color si Jiménez y yo los amábamos. Era lo único que teníamos en común.
Gocé durante un instante al percibir lo lejos que él estaba de tomar a Carla en brazos, de apretarla contra su pecho y olvidar viejas penas. Pobre Jiménez.
–La señora Fraga está más hermosa que nunca –dijo. Y su rostro habló de esperanza, de un renacer en el espíritu.
Sentí el apretón de la mano de Carla sobre la mía. Y de nuevo el silencio. Hasta que Jiménez continuó:
–No tengo rencores, Carla. Le consta a tu marido que busqué entrar por las buenas. Sólo quería verte un rato.
–Acá me tenés.
–Bueno, no demos vueltas. Estuve ensayando. Te prometo que va a salir buenísimo.
–Jiménez… no es necesario, por favor –intervine en vano para tratar de disuadirlo. Me obligó a cerrar todas las persianas de la sala, dejando que unos pocos rayos de sol se colaran por las aberturas. Sacó una hoja del bolsillo y dio algunas indicaciones:
–Fraga, usted quédese paradito a un costado. Carla, vos ponete esto –sacó de su mochila un vestido medieval y se lo entregó a mi mujer, que una vez disfrazada me recordó a la inconcebida noche del estreno, aquella en que Jiménez vomitó toda su desdicha contra el Tristán, protagonista de la obra y supuesto ladrón de papeles estelares. Fue el abrupto final para las aspiraciones teatrales de Carla, que perdió una ilusión y ganó un calvario. Y fue, por supuesto, el desencadenante de la obsesión que Jiménez contrajo por la Isolda que había en Carla.
De nuevo lo miré. Algo en sus movimientos me hizo prever que el comienzo demoraría. Recorrió el improvisado escenario con pasos precisos y el cuello alzado, probablemente un ejercicio de precalentamiento aprendido en el taller básico. Luego se volvió hacia Carla y le preguntó si estaba lista.
–Sí –respondió mi mujer, pensando más en los chicos durmiendo que en su texto.
–Antes de empezar –retomó Jiménez volviéndose hacia mí– quisiera hacerle saber, señor Fraga, que lo desprecio con todo mi ser.
No pude replicar. Se me anticipó Jiménez con un golpe de puño seco dirigido a mi estómago. Carla reprimió el grito porque los chicos dormían.
Era el jefe, Jiménez. Pero repasando los hechos, concluí en que se había preparado mejor para este papel que para representar al héroe Tristán.
–Reina… ¿por qué me habéis llamado señor?... –fue todo lo que pudo recordar Jiménez antes de revisar el libreto por primera vez. Y continuó:
–¿No soy, por el contrario, vuestro súbdito y vuestro vasallo para reverenciaros, serviros y amaros como a reina y señora?
Carla no vio otra alternativa que continuar el juego. Lo hizo sin modular, uniendo las palabras, desafiándolo.
–No, ¡tú sabes que eres mi señor y mi dueño! Tú sabes bien que tu fuerza me domina y que soy tu sierva! ¡Ojalá hubiera avivado en su día las llagas del juglar herido! ¡Ojalá hubiera dejado morir al matador del monstruo en las hierbas del pantano!
A Jiménez le bastó la devolución. Por eso la expresión de regocijo, la misma que su profesor hubiese reprendido en un ensayo.
Imagino que habrá confiado demasiado en sus condiciones actorales. Había que verlo con el arma en la mano y resbalando la lengua al intentar recordar las siguientes líneas frente a la mujer de su vida.
Ignoró que su esfuerzo inútil por dar con las palabras exactas repercutió en una postura absurda. Rendido ante la humillación, lo vimos arrodillarse queriendo abrazar el piso, buscando consuelo donde sólo había alfombra.
–¡No puedo, Carla! Son los nervios por tenerte en frente los que atentan contra mí.
Relajó los brazos, se tapó la cara con uno de ellos y comenzó a llorar. Era el comienzo pausado y prematuro de la despedida.
Entendimos que lo mejor no era aprovecharse de su debilidad, sino dejar que las emociones lo guiaran. Arrastró los pies hacia la salida y dibujó con sus pisadas un final inesperado.
–Horacio…–Carla lo llamó, pero no quiso responder. Cerró la puerta y se fue.
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